Boca definirá hoy buena parte de su futuro en el Mundial de Clubes: a las 22, en Miami, ante una multitud xeneize, se enfrentará con el poderoso equipo alemán; aquella Intercontinental que los marcó hace 24 años.

Boca desafía todo lógica, el favoritismo, la diferencia de jerarquía con sus rivales. Mientras las playas se tiñen de azul y oro, mientras los banderazos se multiplican y las camisetas se imponen en una ciudad que todavía no respira fútbol a pesar de la enorme presencia latina, el equipo de Miguel Russo también quiere dar el golpe dentro de la cancha. Este viernes, ante el poderoso Bayern Munich, Boca va por mucho más que un resultado: demostrar que sigue siendo capaz de plantarse ante cualquiera, incluso cuando la historia reciente y la realidad económica la ubican uno o varios escalones por debajo.
El duelo es clave: una derrota podría dejarlo al borde de la eliminación en la etapa de grupos. Pero la fe, como siempre, está intacta. Porque Boca ya sabe lo que es vencer a Real Madrid y a Milan en la era contemporánea. Porque la revancha de 2001 todavía duele y se recuerda. Y porque, como suele repetir Russo, no se trata solo de ganar: también importa la forma y la manera. Boca quiere hacerlo a lo Boca, con el sello del fútbol argentino. Con orgullo, con identidad, con alma.
“Tenemos equipos de Brasil fuertes, de Argentina. Todos buscamos lo mismo. También sé que el resto del mundo nos respeta por un montón de cosas, por el pasado. Saben que jugar con un equipo importante de Sudamérica no es tan simple. Hay que entender la forma de ellos. Nosotros competimos a diario en el torneo local, y por ahí en otros países no existe”, dijo Russo, en relación al Bayer, que ganó 12 de las últimas 13 competencias de la Bundesliga. “En estos partidos hay que jugar siempre con cabeza y corazón”, insistió.